miércoles, septiembre 20, 2006

Prólogo del Libro Intimidad y Sexo en 10 y una Noche

Llega el final esperado y temido. Después de cinco años de postergación por diferentes motivos, internacionales incluso, se acerca el momento de mostrar mi intimidad. Ahora ya no voy a tener excusas y la exposición me pone inquieta.

¿Cuál es mi mayor temor? Como siempre, no ser aprobada, no ser querida, no haber cumplido con lo que el otro (tú en este caso) espera de mí. No satisfacer tu curiosidad, no saber cómo se hace. Agradezco que hayas aceptado escuchar mis susurros en tus oídos.

Me invitan un programa de televisión y allí está Dalmiro Sáenz, con el que voy a compartir el debate de la mesa. Hace años que lo leo y disfruto sus opiniones descaradas y valientes. Mientras esperamos los remises respectivos, nos ponemos a charlar y me pregunta qué estoy escribiendo. Le resumo que estoy por publicar un libro sobre intimidad y sexo y me dice que le interesa leer mis textos. A los pocos días me comunico con su secretaria y comenzamos la lectura del libro terminado. Ha escuchado mis noches atentamente, como un gato curioso, agazapado. Se ha reído muchas veces y conmovido hasta la ternura. Hemos discutido lo suficiente para reconocernos vivos. Me ha desafiado y, la verdad, que hemos sabido disfrutar.

Debo confesarte que la primera idea que me surgió, al comenzar esta aventura de escribir acerca de intimidad y sexo, fue realizar una propuesta pícara e indecente; un juego entre la información y la provocación. Desnudando el tema de la solemnidad de los textos de consulta y rozar el desenfado. Buscar sobre lo escrito, lo vivenciado, y lo por descubrir, como la intimidad por Internet.

Fue una intensa búsqueda entre viajes, seminarios, grupos y consultas; anotando, recordando, indagando, para llevar a mi taller literario de Ana Guillot. Como por arte de magia, los hechos más fuertes vinieron a mí, como personajes en busca de autor; como voces desgarradas, precipitando su derecho a ser protagonistas, a ocupar un lugar largamente merecido y romper el silencio aberrante y cómplice.

La picardía se fue avergonzando y le cedió el espacio a la dignidad de la denuncia. La idea original se fue transmutando en un testimonio que conmovió las fibras más íntimas de mi ser. Y me sentí llevada en una vorágine inexplicable y placentera; una denuncia social.
Me llevó a investigar mucho y a leer aún más, hasta internarme en historias procaces y provocativas.

Grabé sesiones de mis seminarios, previamente autorizadas, realicé encuestas, me sumergí en Internet y recordé episodios de mi vida. Este es el resultado de la búsqueda y lo comparto contigo.

Quiero, además, desmitificar el concepto dualista (que olvida a veces la importancia del cuerpo) de que los perfumes, cremas, aceites y masajes son frívolos y exclusivos para niveles económicos elevados. Creo profundamente que todo ser vivo merece y necesita cuidados, y me niego a que sea tomado como una parte vulgar, prosaica burguesa. Quizás parezca así cuando sólo se considera esta parte, y se olvidan aspectos más profundos y sublimes; o cuando sólo se hace para mostrar a los demás, o para aparentar lo que no se es.

Leyendo acerca de diferentes tribus primitivas, siempre hay una parte importante dedicada al acicalamiento y decoración del cuerpo, tanto en las mujeres como en los hombres. Extraen esencias de las plantas; se pintan con colores provenientes de la tierra, frutos, semillas, plumas, flores. Se decoran tanto para la guerra como para la cacería, o para una iniciación.
Desde las clases más sofisticadas hasta una mujer del más humilde barrio se ocupan y esmeran por estar más lindas, más limpias, más presentables, para ser más aceptadas.

Necesitamos sentirnos mejor y nuestro cuerpo agradece profundamente cuando es mimado, cuidado, nutrido. Así como son imprescindibles la higiene y una buena alimentación, también es necesario limpiarnos de la basura que emana nuestro cuerpo o de la que lo contamina desde afuera: tanto los pensamientos negativos como las acciones incorrectas. El cuerpo necesita, reclama. Y agradece.

Por eso yo insisto en difundir y estimular un buen cuidado: por ser un ritual sagrado, realmente.
Muchas personas demuestran una excelente información a la hora de opinar acerca de productos de limpieza, quitamanchas, detergentes. Sin embargo, tienen los codos ásperos, los talones ríspidos, las manos resecas, las piernas escamadas; y esto se puede resolver tanto con el mejor exfoliante suizo, como con un simple puñado de azúcar con gotas de limón. Baños de crema franceses, o una ingenua yema de huevo con una escasa cucharadita del aceite de la cocina, para suavizar el cabello. Bañarse con pétalos de rosa en un jakuzzi alquilado o en un simple latón, esparciendo sobre la superficie los pétalos de algunas flores viejas, guardadas en la heladera, en una proletaria bolsa de plástico. No es un lujo, es un derecho y, también, un placer.
Es mucho más sanador que los miles de millones de calmantes y desinflamatorios que se consumen para paliar las contracturas de todo tipo.


Mi propuesta


Mi propuesta, quizá un poco indecente, es crear a través de estas páginas un encuentro prohibido, sensual y cómplice. Hablar de lo que no se habla, de lo que no se enseña en la escuela, ni en la facultad, ni en casa: de intimidad y sexo. De lo oculto, pecaminoso, indecente, apasionado, inocente, ingenuo.
El camino de posibilidades es como un océano. ¿Por dónde empiezo? Me imagino frente al tema. Siempre, como en el mar, me acerco por la orilla. Me da menos miedo.
Quiero evitar escribir un texto de sexualidad, porque a los que he leído los encuentro fríos, aburridos, si bien son informativos y certeros.
Yo elijo la ola en que me siento más cómoda, en la que no me aburro. Un sube y baja entre lo serio, lo humano, lo sensible, lo gracioso, lo dulce, lo doloroso y, por supuesto, lo erótico.
A partir de este momento me imagino que aceptas esta experiencia. Si no es así, puedes cerrar estas páginas y guardarlas para otro momento o regalarlas o tirarlas a la basura. Me animo a pedirte que no lo hagas; que si no te animas a escuchar lo que te voy a contar, lo regales a otra persona que, quizás, se anime a un encuentro tan cercano y promiscuo como no saber quién eres tú y tú sí saber quién soy yo. Voy a pasar por muchas manos, de diferentes edades y de ambos sexos. Quizás te voy a asombrar, conmover, excitar. Y yo aquí, sin saber qué te pasa conmigo y tú ahí, experimentando sensaciones, abriendo prejuicios, destapando deseos, descubriendo placeres y borrando ignorancias.
Te propongo diez y una noches, tú y yo, a solas o con otros. Ojalá pueda llegar a ti. Conmoverte, como yo me siento conmovida escribiendo, imaginando un viaje hacia la intimidad, un susurro en tus oídos.
Te propongo, también, que olvides que soy hembra, si eres mujer, y te permitas ser llevada en voz baja hasta tu intimidad.
Si eres hombre, abandona los prejuicios. Escúchame, siente mi cálido aliento en tu oreja, el roce de mi pelo en tu cuello. Huele cada noche mi perfume. Llegar a ti a través de unas letras dibujadas en un espacio tan pequeño y frágil, como estas hojas de papel.
Y si eres pacato...déjalo en este momento. No es para ti mi propuesta. O quizás me muestres que soy muy prejuiciosa y te decidas a dejar la pacataría definitivamente.
Si eres un hipócrita sí. Te va a gustar, vas a encontrar lo que buscas y no te animas a confesar.

Si te intriga, si te atreves, te espero mañana a la noche. Cierra estas páginas ahora.
Me voy a introducir en un baño de inmersión, con aroma de nardos; y prenderé una vela roja mientras el agua cubre mi desnudez. La música que elijo para esta noche es la de la película La Misión. Y me dejo llevar.
Mi perfume es Isay Miyake. Espérame.

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